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El problema de la vida social

Si bien en casa no me costó demasiado esfuerzo desprenderme del saludable hábito de tomarme una cervecita de vez en cuando, hacerlo fuera, en la calle y con amigos fue otro cantar muy diferente. La primera semana permanecí herméticamente encerrado en mi casita, no me sentía preparado para compartir un botellín de agua con un montón de jarras de cerveza, pero sabía que eso era algo que no podía perdurar en el tiempo. Rechacé incluso con todo mi pesar una estupenda cena casera con buenos amigos, tan buenos que hasta llegaron a ofrecerse a cenar unas ensaladas con tal de no darme envidia, lo cual obviamente rechacé, después de agradecerles el gesto de corazón.

Pero, como decía, no iba a pasarme la vida encerrado en casa, así que al jueves siguiente, el día de la pinta en infinidad de bares, opté por hacer de tripas corazón y bajar al parque con los amigos. En la mesa de la terraza, un triste café con hielo y sacarina rodeado de copas heladas llenas de zumo de cebada. Procuré evadirme mentalmente de la situación, y al final, tras dos rondas más de cervezas para todos y agua mineral para mí, logré superar la primera prueba de fuego.

Más complicado me resultó días después el reunirme con otros amigos en mi cervecería favorita. Eso ya era otro cantar. La cerveza no paró de pasar por delante de mis morros, así como los cacahuetes y maíces, mientras aguantaba estoicamente con un botellín de agua. Las dos primeras rondas las pasé con nota, pero en la tercera se me empezó a venir el mundo abajo. Todo eran risas en las conversaciones cruzadas, mientras yo me esforzaba en no parecer un amargado deseoso de dar aunque fuera un sorbito a una pinta.

Pero el volúmen de mi cuerpo continuaba menguando, que era lo que realmente importaba. Cuatro centímetros menos de torax, cinco de cadera y tres de cintura, lo que equivaldría a un puñado de kilos menos. Y lo mejor de todo: mi cambio de aspecto era ya evidente.

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